Hace un par de semanas, NIDO era un documento. Un plan detallado —45 tareas, seis sprints, un objetivo claro— pero nada que pudieras abrir en un navegador. Hoy eso cambió: NIDO ya tiene puerta de entrada. Puedes llegar, iniciar sesión con Google y entrar.
Suena pequeño. No lo es.
Qué es NIDO
NIDO es un producto que estoy construyendo en Olave Ruiz Corporation: un acompañante con inteligencia artificial para personas que están en un momento de transición profesional. Gente con una carrera sólida pero demandante, que siente que quiere rediseñar su trabajo hacia algo más digital, más remoto, más suyo — y que todavía no tiene claro qué es “lo suyo”. NIDO conversa con esa persona, la ayuda a descubrir su propósito, le arma un plan a la medida y lo agenda en su calendario.
Es un producto íntimo por naturaleza. Va a guardar reflexiones, dudas, intenciones. Y eso definió cómo encaré el primer día de código.
Sprint 0: construir lo invisible primero
Lo más tentador, cuando arrancas un producto, es construir lo que se ve: la pantalla bonita, el botón. Hoy hice lo contrario. Dediqué la primera mitad del día a lo que nadie va a ver nunca.
El Sprint 0 de NIDO fue puro cimiento. La base de datos, con seguridad a nivel de fila —cada usuario solo puede tocar lo suyo, sin excepciones—. Las reglas de acceso. Un kill switch: un mecanismo para que cualquier persona pueda borrar absolutamente todo su espacio en NIDO, sin dar explicaciones, en menos de 60 segundos. Y la decisión de no registrar jamás el contenido de las conversaciones.
Construir esto primero no es prolijidad. Es una postura. Un producto que va a sostener lo que alguien piensa sobre su propia vida no puede tratar la privacidad como una función que se agrega después. Tiene que ser el piso sobre el que se para todo lo demás.
El momento de frenar
Hubo un punto del día que me gustó especialmente. Antes de aplicar un cambio de seguridad a la base de datos, lo frené. En lugar de ejecutarlo y seguir, pasé el plan por dos revisiones especializadas: una mirada de seguridad y una de integraciones —porque esta base de datos la comparte NIDO con otra herramienta de la corporación, y un cambio mal hecho podía afectar a las dos—.
La revisión encontró cosas que el chequeo automático no había visto. Un detalle en una función que la habría dejado rota. Una inconsistencia en los permisos de varias tablas. Nada de eso habría explotado de inmediato; habría sido una bomba de tiempo silenciosa.
La lección no es nueva, pero hoy la viví otra vez: la velocidad de hacer las cosas bien y la velocidad de hacerlas rápido no son la misma cosa. A veces frenar diez minutos te ahorra una semana.
El bug que dejaba a todos afuera
No todo fue elegante. Cuando por fin probé el login en mi máquina, NIDO me negó la entrada. A mí. Con mi propio correo, que estaba en la lista de acceso.
El diagnóstico tomó un rato. El código leía la configuración de un lugar; el entorno de desarrollo la guardaba en otro. En producción habría funcionado perfecto; en local, la lista de acceso le llegaba vacía, así que el sistema —correctamente, hay que decirlo— le cerraba la puerta a todo el mundo.
Lo arreglé con una pieza pequeña: una función única que lee la configuración de los dos lugares posibles. Un bug aburrido, de esos que no salen en ningún tutorial, y que es exactamente el tipo de cosa de la que se trata construir software de verdad.
Sprint 1: la primera pantalla
Con el cimiento puesto, la segunda mitad del día fue para lo que sí se ve. El sistema de diseño de NIDO —los colores cálidos, la tipografía, los componentes base— y las tres primeras pantallas: la de acceso, la de “este espacio es privado” para quien no está invitado, y la de bienvenida.
Y entonces pasó. Inicié sesión con Google, y NIDO me recibió: “Hola, Javier.” Una pantalla tibia, sin estridencia, con un solo botón. La primera vez que NIDO dejó de ser una carpeta de archivos y fue, por un segundo, un producto.
Una nota sobre el proceso
El día no fue lineal. La herramienta con la que programo se cayó varias veces —un error de la herramienta, no del proyecto—. Pero no perdí nada de trabajo, y por una razón concreta: fui guardando cada avance en el momento, con commits chicos y frecuentes. Cada vez que algo se caía, lo hecho estaba a salvo. Es un hábito poco glamoroso y absolutamente esencial.
Lo que viene
NIDO todavía está temprano. Lo siguiente es la bitácora: el espacio donde la persona va a escribir sus reflexiones y registrar su progreso. Después vendrá la conversación con la IA — el corazón del producto.
Hoy NIDO cruzó una línea. Dejó de ser una idea bien documentada y se volvió algo que se puede abrir. Falta mucho. Pero ya hay puerta, y la puerta funciona.